Una parte enorme de las sedaciones de la rutina tiene como objetivo viabilizar exámenes, radiografías, ecografías, tomografías y recolección de muestras. Por parecer procedimientos simples, estas sedaciones a veces reciben menos atención de la que merecían, y es ahí donde se esconden los sustos «evitables».
El primer cuidado es recordar que sedar no está exento de riesgo. El paciente bajo cualquier forma de sedación está expuesto a una potencial depresión respiratoria, hipotensión, hipotermia, obstrucción de la vía aérea —sobre todo en razas braquicefálicas— o cualquier otro riesgo asociado a estos fármacos. La evaluación pre-sedación, el ayuno adecuado (cuando está indicado y es posible) y la preparación del material de soporte no dejan de ser necesarios solo porque el objetivo sea una radiografía o una recolección de muestra.
La elección del protocolo se ajusta al paciente y al examen. Un procedimiento indoloro que solo exige inmovilidad pide un abordaje diferente de un examen que implica manipulación dolorosa. Los agentes reversibles, como la dexmedetomidina, en pacientes bien seleccionados, tienen la ventaja de permitir acortar la recuperación cuando así lo deseamos. Otro punto importante es evaluar si las combinaciones de fármacos no pueden lograr una sedación más consistente y con menos efectos indeseados que dosis altas de un único fármaco.
La monitorización, como siempre insisto aquí en Instagram, es, a mi ver, el gran diferencial entre una sedación imprudente y un procedimiento seguro. La oximetría, la evaluación de la ventilación, la frecuencia cardíaca y la temperatura merecen seguimiento, y el paciente sedado no debe quedar sin observación. La sala de examen necesita tener, a mano, lo mínimo para responder a una intercurrencia. Esto, además, está bien delimitado en directrices y consensos, y también consta en la reglamentación de nuestra actividad.
Una atención especial va para los braquicefálicos, que suman vía aérea comprometida y mayor riesgo de obstrucción bajo sedación, y para los cuales la planificación y la vigilancia en la recuperación son aún más críticas. De hecho, la recuperación es un momento que merece el mismo cuidado que la sedación en sí, porque muchas intercurrencias aparecen justamente cuando el paciente empieza a despertar y el equipo ya relajó la atención. Conviene recordar que no solo el braquicefálico, el anciano o los pacientes con trastornos cardiovasculares tienen riesgo. Todo paciente sedado necesita atención dedicada.
Una buena sedación ambulatoria es como un viaje en avión: lo bueno es cuando no pasa nada sorprendente, justamente porque fue bien planificada. Tratar la sedación para exámenes con el mismo respeto que se le da a la anestesia quirúrgica es lo que mantiene estos procedimientos en la categoría de rutina tranquila, y no de susto evitable.
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